La democracia en entredicho

10 DE FEBRERO DE 2015

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Por una nueva utopía

Daniel Rodríguez Barrón

La caída del Muro de Berlín en 1989 confirmó, al menos en ese momento, la derrota del comunismo. Y, desafortunadamente, afirmó también la primacía del capitalismo y su modelo político: la democracia. Desde entonces, y a pesar de las sucesivas crisis económicas y políticas que han dado lugar a movimientos como Ocuppy Wall Street en Estados Unidos o Podemos en España, nadie ha pensado seriamente en abandonar la democracia como método político. Es más, la sola idea parece una locura y de inmediato se alzan las voces previniendo que dejar la democracia es, naturalmente, ir de frente hacia alguna forma de totalitarismo.

"El naufragio lo puede ver cualquiera. La democracia trabaja para los ricos..."

 

     Por ello, por ejemplo, a pesar del hartazgo que sostenemos frente a los partidos en México, las vías que encuentran nuestros jóvenes para transformar la política es convertirse en candidatos independientes (independientes de los partidos hegemónicos, pero que buscan integrarse al mercado de la política democrática para cambiarla, al parecer, desde adentro); en modo alguno buscan crear un nuevo modo de gobernar, sino desde las estructuras ya conocidas, abrir los espacios para nuevas voces. Por un lado, lo celebro; en un país violento como el nuestro nada sería peor que buscar un cambio violento. Sin embargo, me llama mucho la atención que en ningún caso, Ocuppy, Podemos o Candidatos independientes, se propongan una nueva forma de gobernar, sino sólo reemplazar a quienes ostentan ya el poder. En el fondo son opciones conservadoras, pues no imaginan un cambio sino una continuación con nuevos miembros.

     Ernest Bloch sostenía que una de las virtudes del ser humano era su capacidad para crear y creer en nuevas utopías. Sin embargo, desde la publicación del Manifiesto del Partido Comunista en 1848, ninguna otra gran utopía ha surgido desde entonces. Supongo que muchos me dirán que han surgido cientos de utopistas que crearon comunidades alternativas como la Comuna Cecilia en Brasil, la colonia de Topolobampo en Sinaloa, la Escuela del Rayo fundada por Plotino Rhodakanaty en Chalco, y docenas de otros ejemplos en Europa y en América Latina, sin embargo se trata de esfuerzos individuales que permearon sólo a un pequeño grupo de personas, y fueron los rescoldos del propio comunismo.

     ¿Por qué no hemos podido inventar nuevas utopías ni siquiera de manera estrictamente literaria? Ya no hay una Ciudad de Dios, no hay una Ciudad del Sol o una Atlántida. ¿dónde están nuestros Furier, Campanella, Moro, Bacon…? Luciano Canfora, en El mundo de Atenas, nos previene contra la idealización de la democracia. Para él, la democracia es una invención imperial: “la democracia y el imperio habían nacido conjuntamente”; “es el imperio el que permite al demo participar de sustanciales beneficios materiales”; “la democracia funciona porque ‘se reparte el botín’, es decir, las ganancias imperiales”.

     Son muchos los autores que describen nuestra época como la decadencia del imperio, en nuestro caso, el norteamericano. Si el imperio está sucumbiendo, y con él los beneficios materiales —la tragedia ecológica está marcando el fin de la época industrial—la democracia ya no encontrará qué repartir, entonces lo que se perfila en el horizonte, es pues la utopía. Pero, ¿por qué no ha nacido aún?

     El naufragio lo puede ver cualquiera. La democracia trabaja para los ricos, los que aún se pueden repartir algún botín, y al resto no les queda otra que trabajar para ellos o sucumbir bajo todas las modalidades posibles: tortura, incineración, feminicidio… ¿Este es en verdad el mejor de los mundos posibles?

      Se comprende que sea difícil imaginar otro mundo sin dejar de lado nuestras ambiciones personales, ¿cómo que una utopía si ya estoy terminando mi doctorado en Nueva York?, ¿cómo que utopía si ya casi termino de pagar el depa? No, mejor refundemos, reformemos, repitamos. Se comprende que queramos seguir no sólo por egoísmo, sino, se diría incluso que por estabilidad psicológica, ¿cómo pensar en un cambio radical sin radicalizarme a mí mismo, sin dejar de ser el que soy? Es natural el temor, el dramaturgo Heiner Müller aseguró: “La primera forma de la esperanza es el miedo, el primer semblante de lo nuevo, el espanto”.

      Admito que no tengo ninguna respuesta a las preguntas formuladas en el texto. No sé porqué no ha surgido una nueva utopía, no sé porqué seguimos creyendo que la democracia es nuestra única posibilidad política. Pero sé, como cualquiera que conozca un libro de historia universal, que el presente sólo es un momento de la historia; un momento que, como todos, se extingue.

Daniel Rodríguez Barrón es autor de 

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